No entiendo sus actitudes. Recuerdo sus besos. Siento la protección de sus abrazos. El perfume que él usaba, Antonio Banderas, se encuentra nadando por los aires cada vez que camino por los lugares a los que he ido con él. Sus palabras se encuentran grabadas en mi mente. No puedo olvidar la forma de su sonrisa, sus pómulos, la pasión de sus ojos. Olvidar la sinceridad de sus actos y de sus palabras me es tan difícil que prefiero dormir y soñar con él, para siempre. Esa electricidad que recorría mi cuerpo cuando él besaba mi cuello, aún la revivo en pensamientos . . .
sin entender sus actitudes . . .
sin entender las actitudes de esa persona que parece olvidarse de mi . . .
sin entender las sonrisas de esa gente que me mira . . .
sin entender esas miradas fijas, vacías e inexpresivas . . .
sin entender las charlas picantes entre grupos de amigos . . .
¿Cómo se hace para dejar fluir algo cuando se quiere violar el cuerpo de un joven que amo con tanta intensidad? ¿Cómo haré para controlarme la vez que lo vea? ¿Cómo haré para evitar sonreirle con ojos del color de una profunda inmensidad capaz de succionarlo, como si mis pupilas fuesen un agujero negro?
Tengo ganas de que él lea mis palabras, que sienta toda esta energía que tengo acumulada. No hay forma de hacerlo. Debo esperar. Ya vendrá. Ya tendré tiempo para hacerlo. Mañana debo dedicarme a vivir. Vivo en el pasado, en el color de sus abrazos. En un color que es sólo imaginario. Desearía tener la fuerza para romper todas las barreras y poder ir hasta su casa, tocar la puerta, esperarlo, y llenarlo de besos, sin decirle nada. Luego regresar, así como si nada . . .
haré eso . . .
liberaré tensiones . . .
seguiré adelante . . .
amaneceré mañana . . .
Lo amo. Ya le he escrito, se llama Señor Abracitos: si lo ven, díganle que Anís, hará galletitas de anís para recibirlo. Pueden decirle, también, que Sancho Panza volvió, que me llenó de besos, que yo lo llené de besos (hasta en esa pancita hermosa), pero que sigo amando a Abracitos; Sancho Panza no podrá abrazarme de la forma que él lo ha hecho, ni darme el futuro que deseo. Lo que puede suceder es que Sancho Panza se venga a vivir con nosotros, sé que él va a querer; al fin y al cabo, sólo fueron miles de besos en su pancita hermosa.
Por favor, les reitero: díganle al Señor Abracitos (en esa ciudad de calles negras, de pasto dorado y cielo plateado, todo el mundo lo conoce con ese nombre) que lo amo y que quiero amarlo para siempre y que no tengo problema en ser yo, su Anís (la de las plantas de anís color gris), quien le proponga matrimonio. Puedo esperarlo todo el tiempo que quiera, pero ya me lo dijo Sancho Panza (mientras Grisín, el majestuoso gatito del Señor Panza, lamía panes en su falda): "el Señor Abracitos, va a ser su esposo, mi amada Anís, la amada de Abracitos, la amada de sus plantas de anís y de sus hijos que aún no ha tenido pero que tendrá".
Así que lo esperaré, todo el tiempo que sea necesario.